Cualquiera
con dos dedos de frente y una mínima idea sobre la juventud en
Occidente, sabría lo que en enero de 1968 se aproximaba en el país. Yo
ni en cuenta esa genial mañana. Según todo menos la realidad
indicaba, estábamos a sólo un curso de diez meses para mi título de
economista. En uso del momento de felicidad que le correspondía cada par
de años, el día anterior mi padre entró en casa ululando la noticia: -Hijo mío, te aseguré una beca de maestría en otro país. Criminal
don R, no midió los factibles, mortales efectos de sus palabras en
plena comida. El trozo de milanesa pasó apenas sin tránsito del tenedor
al gañote y no quedé allí sólo porque Utopía, la diosa familiar, me
tenía en gran estima.
Con
licencia así para quitarse de encima la abominable parquedad del ama de
casa a la cual la condenó el exilio, mamá saltó sobre la mesa y a
taconazos por bulerías arruinó de paso la sopa y el guiso por cuya pobre
factura el rey de la casa sin duda la fustigaría, a la manera de todos
los días. Tarde y noche en vela pasé en los cafetines de costumbre
endureciendo la piel que recibiría el castigo, y esta mañana estaba
preparado para el literal Calvario, pues había de parecer producto de la
farisea incomprensión. "Más tranquilo que una mujer que miente", según
una de las mil extraordinarias imágenes de Aimé Cesaire, ante el coro
familiar en pleno solté:
-Me perdonarán, pero hasta aquí llega la farsa. La vocación de escritor me impide continuar con la vileza del académico estudio. ¡Ay,
Dios!, recité sin parar en la atea casa, mientras la gruesa mentira
salía por la boca en ocultamiento de cuatro años de vividor profesional,
que juntos no reunían la media docena de boletas no ya de aprobado sino
de simple certificación de asistencia. Y continuaría la letanía
recordando adonde fueron a dar las colegiaturas por mi inexistente
título en inglés avanzado, con la mirada de mártir puesta en mi padre y
el humo del incendio que inopinadamente se esforzaba el controlar. -Pero,
Jorgín -repetía una y otra vez mi ma incapaz de salir del pasmo por lo
demás absurdo, pues desde 1964 Jorgín no llegaba jamás antes de las tres
de la mañana ni abría un libro de la carrera, debido a una sencilla
razón: nada semejante había en casa, que muy para mejores cosas estaban
los dineros a ellos destinados. -Si te falta ya nada -se decidía a
agregar conmovedora y convenientemente ingenua. -Si en teniendo el
diploma... -y aquí trastabilleaba recordando la oferta del día anterior-
te dedicas a lo que quieras. Más la asombró la reacción de mi padre:
sepulcral silencio. En mi par de hermanos mayores los ojos no paraban
de girar en las órbitas y yo sentía descender de los cielos una paz de
la que ni memoria quedaba.
Esa
tarde R apareció con un escritorio en regla, dos estupendas colecciones
de clásicos, una máquina de escribir recién desempacada y papel en
abundancia.
Fue ahí cuando el susto se hizo de veras susto y congelome, hasta hoy.
Miento si digo que Belarmo, el abuelo, guió mis días de niño, joven, hombre maduro.
Yo tenía treinta años cuando me dieron una beca para escribir su historia. Fui adonde creció, documenté a los fugaos y la Guerra Civil y hasta quise pedir perdón a quienes se sentían afrentados por él. Eran seis mineros que lo culpaban por abandonarlos o vejarlos. ¿Cuántos más callaron en nombre del colectivo que seguía representando?
No soy monedita de oro para caerles bien a todos, reza el dicho mexicano. ¿Cuál demerito, entonces, si pocos o muchos, aunque estuvieras hermanado con ellos, guardaban recuerdos desagradables de ti, B?
De parte mía la mala cuestión contigo estribaba en tu importancia regional -imagina si fuera mayor; ni para cuándo nuestro encuentro-. Te echaron al olvido y al fin pude quererte.
Aunque entonces lo que en verdad importaba era el presente: Él y ese país desconocido cuyo destino se dirimía. No siempre muere un dictador y entre la rebeldía. Dejaba su reino "atado y bien atado", según dijo al cerrar los ojos saludando con sombrero ajeno, pues sin Occidente no habría 1939 ni "Transición democrática" en vilo ahora. Cara a cara el pueblo llevaba las de ganar, creo y dudo un momento recordando La revolución de los claveles portuguesa.
En cualquier caso más usaba el tiempo en paseos con mi enano, mítines y reuniones, que como entrevistador y rata de biblioteca, o archivo, da igual.
Volví a casa sin cumplir el cometido y debieron pasar treinta años para que por obligación moral escribiera tu biografía, buelu. Vivimos juntos desde entonces, solo desde entonces, olvidando mi plañidera actuación aquella.
-0-
Confesaré algo más, querídisimo. En ese 1976-77 topé con don Aquilino, quien vivía no en la pequeña ciudad donde estuvo tu hogar, más bien insulsa para mí, sino en la contigua, que hacía mucho albergaba a una enorme metalúrgica. Los pozos carboníferos ennegrecían el río y así eran romántica, silenciosa nostalgia en el tiempo mexicano de mamá descubierta por su diario. La grisura emborrachando muros y prados venía de los hornos con que aquél anarcosindicalista lidió medio siglo.
Imposible resistirse a ella y a la escalera con doscientos o trescientos peldaños montaña arriba y rematada en el hogar, condena extra tras los campos de trabajo, donde habitaba nuestro tercer hombre.
Adoré a esa masa resistente a todo, incluyendo al Partido Comunista y los propios compañeros de la CNT en plena guerra, que lo persiguieron por sus desvíos troskistas.
Yo tenía como encomienda rastrearte, Belarmo, y terminaba siendo depositario de las memorias escritas por él. Perdona, rendía culto a la dureza popular y nadie a mi vista se equiparaba en ella.
Una vez decidido a acercárteme encontré cuán legendario eras, supieran o no de ti. Así estás en los cuadernos, excepto al volvernos la pareja cómica necesaria para nuestros redentores objetivos.
Cuánto no me autobiografío en estos cuadernos puede comprobarse por la ausencia de Mercedes.
En su caso suena a mero olvido, debería entonces remediarlo y no puedo, pues necesariamente la exhibiría aunque nuestra historia sucedió a través de los ventanales.
Para probarlo escribo algo y, sí, cualquier conocido la ubicaría.
Quede solo su mención por nombre, borrando el malentendido que quizá produjo mi súbita marcha.
Con nadie fui tan lejos en intenciones, al prepararnos un destino común cuando ella estaba a mitad de la vida y yo tenía cincuenta y pocos años.
Encontrará los motivos al ojear estas viñetas hechas durante mi vejez.
Claro, muchas cosas habría cambiado permaneciendo con ella. Suficientes, tal vez, para transformar mi errática conducta. ¿Cómo saberlo al decidirme entonces? Me sentía sin derecho a arrastrarla a una aventura, así pareciera algo sensato dadas las condiciones al encontrarnos.
Se le recuerda siempre, mujer hecha y derecha desde muy joven, sin duda. Tanto, que intimidaba a los hombres a nuestro alrededor, quienes por ello quizá vieron a un yo cuya osadía rebasaba los cálculos.
Paro. El Manu sigue porque vino de su mano, según merece y no pobremente interpretado.
No termino por aclarar cuándo a nuestros cincuenta años y algo volvimos a reunirnos, Ana. Y es que éramos personajes convenientes uno para el otro.
Mira, te muestro: 1963, descubrimiento; 1965, me rescatas para ayuntarnos -jeje- un año; meses después tu ma nos regala el disco y aparece el único hotel de paso en nuestra vidajuntos; cuasi silencio absoluto hasta que comienza 1968 y tú sombra durante mi viaje alargado a 1969; noviembre 1971, voy por ti, estás comprometida y sueltas el Terminaremos unidos; encuentro casual en 1976; gracias a Luisa, seis o siete noches duermo donde lo hacías antes; 1993, sin yo saberlo sigues mi infarto; octubre 1996, tengo una pareja y me citas para contarme que vendes la fábrica y te separas; al poco pierdo el paraíso y pretendes sin éxito reeditar el rapto; reunidos quién sabe cuándo luego, once meses de los cuales cada quien sustrae días enteros y mueres.
Cierto, de no ser por aquel accidente, sin duda compartiríamos hoy un techo. ¿O vuelvo a usar las declaraciones?
Desdramaticémonos, anda. Sino tuviste azotea ni corte de medianoche, ¿qué, a cambio? ¿Esa mirada que atraviesa el tiempo, atribuida por mí?
A solas todos éramos muy poquita cosa, nos quedaba claro desde siempre, y había un mutuo, semi inconfeso despreció por quienes dejarían la piel construyendo el futuro profesional. Tú lo tenías garantizado y yo, J, ¿iría dando tumbos sin preocuparme o ni siquiera eso pues el cielo me reservaba una mágica, simplona solución, o varias, como fue?
Gracias a ti J confirmaría que príncipes y princesas de cualquier tipo eran más o menos azarosos, despreciables productos, no importa si tocaban la gloria. Hasta el mismísimo Dylan cabía en el paquete, de forzarnos a dar calificaciones.
Esa canción nos ponía particularmente amorosos porque la cantábamos a coro, cómplices del autor una vez que descubriste su letra para mí, quien por años, creo, tenía con la música y la voz, cuyo intimismo me arrebataba permitiendo que como con ninguna otra viajara a placer con ella, profundamente complacido por la confianza del Mr.
Hoy comí con mis crías y nietos y unos amigos suyos. Alguien recordó "el más destartalado autobús concebible" y estuve a punto de ganarle la baza trayendo a cuento el que tomé entre Fez y Nuadibú.
Callé pues ese paseo solo lo conocieron Ana, la Tic y otras tres o cuatro personas. Durante cierto tiempo tuvo sentido mi silencio, que no escondía sino ocasionales permisos para aprovechar las visitas a papá y mamá cuando regresaron a su tierra. Ella me los echaría tontamente en cara. Creo escucharla:
-¿Tú, que presumes abandonar a tus niños apenas lo indispensable? ¿Y cuántos pares de zapatos habrías podido comprarles?
-Fueron dos semanas y gasté tres pesos -le respondería en la absurda discusión.
Luego intenté confesarme, presumiendo, y me tiraron a loco:
-Marruecos y por ahí. Qué estupidez.
Juan habría estimado mis pequeñas aventuras y no estaba cerca entonces.
El Tamasgha, ni más ni menos. En catorce días y sin ver a nadie parecido a esta mujer.
Era mejor olvidarlo, ciertamente. Aunque aquél camión bien merecía estar en la memoria de cualquier occidental.
Al volver a casa esta noche encontré el mensaje de una amiga animándome a seguir grabando los cuadernos y por curiosidad me asomé a ver cómo le fue al último esuerzo. Había un único comentario al pie:
"Saltar de una escena o otra escena, se pierde la elocuencia y el hilo del entendimiento. Su manera de narrar
No es lineal por lo que a la gente común le cuesta trabajo seguirlo."
Tiene razón el bien intencionado que lo escribió.
No insistiré más, prometo, respondí.
Veo de más, aseguré ayer justificándome. De menos, debí decir. Dramas aparte, si estaba exhausto, imaginarán hoy.
Cuarenta años después, este par de grandes músicos reinterpretan así su clásico.
Así como guardé en secreto los breves viajes, quise mantener lejos del mundo laboral mis viñetas y demás. Al final tuve que apelar a ellas.
Creí seguir su consejo, Mr., y no lo hago. Soy Forever young solo hasta donde una línea recomienda derrotarse. Entonces pongo esta distinta canción suya.
Ahora voy una buena cosa tras otra y horas atrás declaré vivir mi mejor día durante la vejez. Se hace noche y quiero suicidarme, jeje.
No tengo remedio. Veo de más y eso descalifica cuanto haga.
¿Porqué no gustarme en la derrota si la victoria está asociada a los malditos? Cuánta razón tenía Ana, ¿verdad, Tic?
La letra traducida casi literal y así malamente:
"Acabo de llegar a un lugar
Donde el sauce no se dobla. No hay mucho más que decir Es el remate del final. Me estoy yendo, Me estoy yendo, Me fui.
"Estoy cerrando el libro En las páginas y el texto Y realmente no me importa ¿Qué pasa después? Solo me estoy yendo, Me estoy yendo, Me fui.
"He estado colgado de hilos, He estado jugando liso, Ahora solo tengo que cortar Antes de que se haga tarde. Solo me estoy yendo, Me estoy yendo,
Me fui.
"La abuela dijo: «Chico, ve y sigue a tu corazón Y estarás bien al final de la línea. Todo lo que es oro no está destinado a brillar. ¿Tu y tu único amor verdadero nunca se separan?»
"He andado por el camino, He vivido al límite, Ahora tengo que irme antes de llegar a la cornisa. Así que solo me estoy yendo, Me estoy yendo, Me fui."
¿Cómo rimó aquí, Zimm?
"I've just reached a place where the willow don't bend. there's not much more to be said it's the top of the end. i'm going, i'm going, i'm gone.
I'm closin' the book on the pages and the text and i don't really care what happens next. i'm just going, i'm going, i'm gone.
I been hangin' on threads, i been playin' it straight, now, i've just got to cut loose before it gets late. so i'm going, i'm going, i'm gone.
Grandma said, "boy, go and follow your heart and you'll be fine at the end of the line. all that's gold isn't meant to shine. don't you and your one true love ever part."
I been walkin' the road, i been livin' on the edge, now, i've just got to go before i get to the ledge. so i'm going, i'm just going, i'm gone."